El viñedo y las bodegas afrontan cambios en el clima y el consumo.
La vendimia 2026 llega a su fin y, como las anteriores, ha sido diferente. Diferente por el nivel y la distribución de las lluvias a lo largo del año; diferente por el desarrollo de los estados fenológicos de la viña; diferente también por la integral térmica y, sobre todo, por lo que todo ello ha conllevado: un adelanto de la vendimia de una forma casi increíble.
La vendimia será corta en cuanto a cantidad, muy por debajo de la media de los últimos diez años, con unos 19 millones de hectolitros para nuestra región. Con uva sana, aunque un tanto desequilibrada, sobre todo al final, cuando la uva Airén ya se encuentra en proceso de deshidratación.
No obstante, habrá buenos vinos, ya que la enología se encarga de equilibrar esos defectos.
Ahora cabe reflexionar sobre lo que está ocurriendo con el clima y sobre sus efectos en la viticultura y en la agricultura en general.
¿Estamos preparados para esta evolución del clima? ¿Estamos preparados para afrontar los desafíos que nos plantea en la maduración, la recolección y la propia elaboración?
Creo que no.
La maduración es extremadamente rápida. El equilibrio químico y la formación de la piel, que aporta aromas, color y sabor, están lejos de ser los adecuados.
Las vendimias nocturnas solamente se podrán realizar de forma mecanizada, con máquinas preparadas para estas condiciones y con especialistas que sepan operarlas.
La elaboración necesitará reajustar horarios y preparar a los bodegueros para trabajar en unas condiciones cada vez más exigentes. Será necesario adaptar determinada maquinaria para controlar temperaturas extremas y recurrir a una enología de precisión que permita aportar nutrientes y correctores capaces de mejorar el equilibrio de los mostos y vinos.
La enología deberá ser rápida, precisa y, por supuesto, más cara.
Nuestra región cuenta con bodegas que se están preparando, de forma rápida y, en ocasiones, algo torpe, para estas nuevas circunstancias. Pero hay un gran número de ellas que necesitarán, primero, aceptar la nueva situación y, después, prepararse para realizar las inversiones necesarias.
Porque lo que estamos viviendo ya no parece una excepción. Cada vendimia es diferente y cada vez tenemos que estar más preparados para la siguiente.
Pero no solo debemos tener en cuenta el clima. También debemos prestar atención a la evolución del consumo y a un mercado cada vez más complicado.
La adaptación a los nuevos hábitos de consumo y el desarrollo de vinos diferentes nos obligarán a escuchar más y mejor al consumidor. Tenemos que conocer qué busca, qué le atrae y qué está dispuesto a consumir para poder desarrollar vinos adecuados a estas nuevas exigencias.
El consumidor es quien marca la pauta.
Y nuestras bodegas, elaboradoras de vinos base en su mayoría, deben estar dispuestas a producir aquello que tenga capacidad para conectar con nuevos consumidores, sin olvidar a quienes actualmente sostienen el peso del consumo.
No se trata únicamente de elaborar más o menos vino. Se trata de elaborar el vino que el consumidor quiere y, sobre todo, el que pueda hacer que nuevos consumidores se acerquen al vino.
El reto, por tanto, es doble: adaptarnos al clima y adaptarnos al consumidor.
Y ambos cambios están sucediendo al mismo tiempo.
Otra vendimia diferente. Y quizá, más que nunca, una llamada de atención sobre la necesidad de prepararnos para las que vendrán.


