martes, mayo 17, 2022
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    Bodega La Niña de Cuenca, la pureza del barro

    LA IDEARON LORENZO, VALENTÍN PÉREZ OROZCO Y EL ENÓLOGO DIEGO MORCILLO

    Pedro Pintado

    La Niña de Cuenca es el paradigma de un buen número de pequeñas bodegas que han surgido durante los últimos años abrazadas a criterios bio, con procedimientos escasamente invasivos en su relación con el viñedo y con la recuperación de métodos casi ancestrales en la elaboración de sus vinos. Nada que ver con aquellas millonarias inversiones que dieron lugar a formidables construcciones de hormigón, piedra, cristal, acero y madera y a la plantación de miles de hectáreas de viñedo emparrado que cambiaron el paisaje del vino en Castilla-La Mancha a finales del siglo XX, cuando el boom del ladrillo extendió sus tentáculos por los surcos del viñedo.

    Los hermanos Lorenzo y Valentín López Orozco y el enólogo Diego Morcillo Fortea, los tres naturales de la población conquense de Ledaña alumbraron en 2016 el ilusionante proyecto de ser los primeros de una larga saga de agricultores en hacer sus propios vinos. Ese año acometieron su primera vendimia de la que salieron dos vinos tintos, uno de parcela, Rubatos del que se embotellaron 2.500 unidades e Ildania, un vino de paraje del que se hicieron 1.800 botellas. Posteriormente han incorporado a su gama un blanco de albilla de Manchuela, Orovelo y el Velvet Stone, un rosado de bobal.

    Lorenzo López Orozco habla en boca del resto de socios a la hora de explicar las pautas que definen su filosofía de trabajo: “hacer vinos de viñas viejas, de variedades autóctonas y que respetaran el medio ambiente y la tradición. Para ello decidimos fermentar y envejecer todos los vinos en tinajas de barro”.

    Lorenzo, al contrario de su hermano Valentín que desde siempre se ha dedicado a la agricultura, es licenciado en Veterinaria y estuvo ejerciendo durante varios años en una clínica de caballos en Murcia. Sin embargo, nunca renunció a su pasión por el campo, aprovechando todo el tiempo libre para ayudar a su hermano, hasta que en 2016 tomó la decisión de dedicarse en exclusiva al vino, poniendo en marcha La Niña de Cuenca. Los hermanos López Orozco contactaron con su paisano Diego Morcillo, reputado enólogo que había trabajado en bodegas tan conocidas como Faustino y Coviñas, que no dudó en sumarse al proyecto en calidad de director técnico. Desde entonces Lorenzo se centra fundamentalmente en labores comerciales.

    Decidieron elaborar y envejecer sus vinos en tinajas en vez de utilizar acero inoxidable y madera “por coherencia con la historia y tradición del lugar, todas las familias hacían vino en tinajas de barro en el bajo de la casa o en la cueva”. Ahora Lorenzo y sus socios utilizan 34 tinajas nuevas de barro de 500 y 1.000 litros que “no aportan ningún sabor ni aroma ajeno al vino, respetan mucho la fruta y permiten largas crianzas, muy útiles cuando trabajas con bobal”. El primer año hicieron una prueba con una tinaja antigua y el resultado no fue bueno.

    Otro de los secretos de la calidad que ofrecen los vinos de La Niña de Cuenca es el trabajo de campo. En este sentido Lorenzo López Orozco explica “si has hecho un buen trabajo en el viñedo y has acertado en la fecha de vendimia consigues vinos diferentes. Buscamos la pureza de la variedad, el carácter varietal, hacer vinos sin artificios, sin aromas extraños. No queríamos hacer vinos maderizados”. Por todo ello, apunta, “a pesar de estar 18 meses en tinaja el vino sigue manteniéndose en estado puro, no sufre la evolución que tendría si estuviera en barrica”-

    Las viñas tienen una producción muy escasa, unos 1.500 kilos por hectárea. Actualmente cuentan con 17 hectáreas de cepas procedentes del viñedo familiar con edades entre los 40 y los 100 años,

    que se irán ampliando con nuevas incorporaciones. “De algunas no tenemos ni escrituras” apunta Lorenzo para remarcar su antigüedad. El año pasado hicieron una nueva plantación de 2.000 cepas de albilla y adquirieron otras dos hectáreas de viñas viejas. Además de las variedades bobal y albilla, la bodega colabora con el IVICAM en la recuperación de otras dos castas autóctonas, la blanca tardana y la tinta moravia.

    La pequeña bodega, que cuenta con certificación ecológica, se ubica en una nave en la que anteriormente se cultivaba champiñón. Está preparada para llegar a una producción máxima de 50.000 botellas al año. La componen una prensa de 1.000 kilos, una despalilladora pequeña, una embotelladora manual de cinco caños y una taponadora.

    La comercialización se centra en el mercado nacional, aunque han comenzado a exportar a Canadá, Suiza, Holanda y Estados Unidos. La producción anual es de 15.000 botellas con un precio medio de venta al público de entre 20 y 30 euros.

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